martes, 9 de febrero de 2016

El que tiene el valor de cambiar.


Para Sabine

“El que tiene valor de cambiar,
 siempre será considerado un traidor
 por aquellos que no son capaces de ningún cambio”

Oz Amos, Judas  p.250


Al terminar de leer Judas de Amos Oz me quedé con una sensación austeriana, y con esto me refiero a Paul Auster y su Trilogía además de la Invención de la Soledad, novelas donde el sentido de vida tiene que ver con la oportunidad de vagar, deambular por aquí y por allá. Buscar la identidad en la vida errante, hecha de innumerables pasos en laberínticos trayectos mentales que se cumplen al encerrarse en un cuarto y sentarse a escribir. No es casualidad que Cervantes con su Don Quijote, Sebald con Austerlitz, Baudelaire con sus poemas del Flanneur y hasta Lord Byron con su “así es, no volveremos a vagar” nos descubren la felicidad de estar vivos.

Regresando a Amos Oz habíamos leído su Historia de Amor y de Oscuridad en la clase y todas habíamos aprendido algo, nos adentramos a esa Jerusalén de los cincuentas y visitamos los hogares de esos primeros inmigrantes. Para algunas alumnas era revisitar la morfología de las naciones europeas antes y después de la 2da guerra Mundial, para otras acercarse por primera vez a la perspectiva de los judíos y helarse ante las cifras del Holocausto, y quizá para todas conocer al modo de ser de aquellos inmigrantes cultos, políglotas, y gremiales que llamamos judíos y que habían sido forzados a dejar sus tierra, sus parientes, sus calles y sus paseos para formar parte de una nación nueva y joven; Israel. Franja de territorio que está en medio de los conflictos armados de Medio Oriente hasta ahora irresueltos. Trata de la historia de la infancia y juventud del autor, el drama de su madre, sus inquietudes y todo hilvanado en las callejuelas de la Vieja Jerusalén en los albores de Israel. Nos había fascinado y por eso decidimos no esperar y abocarnos Judas que fue publicada recientemente.

Con una pluma precisa, experimentada y talentosísima Amos  Oz nos va llevando a ese cuarto oscuro donde Shmuel, se sienta a escribir con todo el dolor físico y emocional que puede tener un ser sensible en el ocaso de su juventud, y ser capaz de ponerse en la piel de Aquel que crucificaron la víspera de la Pascua en el año 33 DC en el Gólgota. El capítulo 47 nos abre las puertas de todo ese encierro al que se había sometido el protagonista y parir un texto desde el dolor humano, más legítima empatía no puede haber. Y después, por fin, salir al mundo exterior, con su sol a raudales iluminando calles y laderas que lo llevarían a nuevos amores, nuevos recuerdos, volver a escribir pero sobre todo a volverse a preguntar. Esa frase final de “Y se preguntó.” me dejó fulminada y me descifró el porqué de toda la novela.

El protagonista es un oso hibernando o un escritor sentado horas y horas para poder escribir esa ebullición interior que se le desbordaba con mil preguntas que tenía sobre el mundo que le rodeaba. En su cueva de la casa número 17  del callejón Rabí Elbaz, que tiene un letrero que dice “Casa de Joaquín Abravanel, Dios le dé fuerzas para decir que el Señor es Justo” se pasa horas y horas queriendo escribir, queriendo amar, queriendo vivir y parece que no lo logra , es más nos desespera a los lectores por esa pasividad  e impotencia pero es necesario ese período de dolorosa metamorfosis para que conozcamos las historias de esos tres personajes y dos fantasmas que marcaron para siempre a ese lugar. Y que casualmente representan, cada uno de ellos, un estereotipo de los habitantes de la Jerusalén israelí.

“Se pasaba horas y horas encerrado en su habitación escribiendo. Lo que escribía allí no lo sé. No dejó nada tras de sí, salvo olor a frustración y tristeza que sigue llenando hoy día esta casa.” (p 288). Abravanel tiraba lo que escribía en el WC, Wald se pasaba las noches escribiendo para romper las hojas a la mañana siguiente y Quinn el personaje de La Trilogía de Nueva York de Paul  Auster, hacía rollito sus escritos y los metía entre los ladrillos del muro de aquel mítico cuarto del número 6 de la calle Varick.

 El narrador-autor-Shmuel tiene una iluminación después del encierro y en vez de destruir el texto lo inserta en el capítulo 47 transportándonos casi dos mil años atrás en medio de las lamentaciones y confusiones a los pies de esas tres cruces. Y ahí lo plasma abierto a nuestra interpretación sin juicio ni enseñanza, me pareció un acto de valentía y de empatía. Siempre surgirán preguntas al respecto de La Crucifixión y es un misterio, por eso el final de “Y me pregunto”.

Shmuel después de esto deja por fin, esa buhardilla y sale con todo su mundo a cuestas, unos cuantos libros, cuadernos y máquina de escribir apretujados en un petate, porque no tenía más ropa que la puesta abrigado con su trenca, su sombrerito ruso y ayudándose del bastón con cabeza de plata en forma de zorra y que nosotros lectores conocemos muy bien de donde salió y porqué lo necesita, y al cabo de casi 300 páginas; iluminaciones y desencantos, y nos describe su recorrido para salir de Jerusalén:

 “Con sus deprimentes bóvedas de piedra, con los mendigos ciegos y las viejas devotas consumidas que se pasan horas y horas sentadas sin moverse … Los hombres envueltos en los mantos de oración pasando casi a la carrera como sombras encorvadas… El espeso humo del tabaco en los cafés de techo bajo lleno de estudiantes con jerséis gordos de cuello alto siempre arreglando el mundo y quitándose sin cesar la palabra de la boca… las altas murallas de piedra que encierran monasterios  e iglesias. La línea de barricadas, las alambradas de espino y los campos de minas que rodean por tres partes la Jerusalén israelí y la separan de la jordana. Las ráfagas de disparos por las noches. Esa ahogada desesperación siempre inmóvil y opresiva.”

Parece que no hay salida para ese lugar tan conflictuado, tal vez se necesiten otros 200 años para que Jerusalén esté en paz. El escritor debe salir al mundo para sentirse vivo en el presente y que lo inunde una felicidad natural.


Volver a vagar por las calles y laderas dejando atrás a esa ciudad. Dejar, para no volver a ese cuarto que antes había ocupado un soñador al que le llamaron traidor todos sus conocidos y parientes. Y lo llamaron así por creer y sostener que los pueblos pueden cohabitar con diferentes credos y tradiciones sin arrebatarse nada, ni matarse por cualquier razón. Shmuel, por su parte, quería dejar de pensar cómo ven los judíos a Judas Iscariote y si fue cierto que ese polémico personaje era la razón del antisemitismo en Europa. Dejó atrás su búsqueda de certezas y una noche de encierro, de un tirón, en una epifanía había escrito qué había sentido El Hombre de carne y hueso en el Gólgota y cómo Judas esperaba y creía fervientemente en el cambio que iba a suceder.
Angélica Breña.

4 comentarios:

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  3. Angélica, me llamó mucho la atención, igual que a ti, justo lo que pones en el primer párrafo de tu comentario: "Novelas donde el sentido de vida tiene que ver con la oportunidad de vagar, deambular por aquí y por allá. Buscar la identidad en la vida errante, hecha de innumerables pasos en laberínticos trayectos mentales que se cumplen al encerrarse en un cuarto y sentarse a escribir". Les quiero compartir que recién leí una novela de Pacal Quignard "Las solidaridades misteriosas" sobre una historia de amor, pero amor en serio, de una mujer que camina: "Ella caminaba sin cesar pero caminar no "engañaba" su dolor. Caminar no borraba el duelo por Simón. Caminar no consuela. Caminar hace pensar. Cada paso es un argumento. Cada rodilla que se lanza, que empuja el vestido, que mueve el aire, conlleva una pregunta que se plantea también en la mente. Caminar perfora algo en el tiempo".
    En ambos casos hablamos de la búsqueda de identidad en una vida errante y de preguntas.
    El personaje Shmuel y su búsqueda me fascinaron, sentí una gran empatía con él y me parece un personaje universal en la medida en que todos vamos por la vida igual que él, errando y preguntando. Me faltó en tu comentario leer algo sobre el personaje femenino de la novela: Atalia que es la anti Shmuel ya no se pregunta, es inflexible, incluso tirana, imposible tener empatía con ella a pesar de lo que ha vivido. ¿Qué opinas de Atalia? ¿Qué opinas del tratamiento que da Amos Oz a las mujeres que habitan las páginas de la novela?

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  4. Rocío que gran aportación tu comentario de arriba. Claro que buscaré Las Solidaridades Misteriosas de Quignard para corroborar esta solidaridad y complicidad hasta misteriosa que ha surgido entre tú yo.
    De Atalia lo dejaremos en el tintero hasta escuchar a todos los del TINTA Y TINTO.
    Un abrazo

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